El hombre que nos trajo el tren, y pusimos una calle en Talayuela.

ABC.es:

A José de Salamanca le dimos la calle que lleva su nombre porque nos trajo el tren la víspera de San José de 1855. No es la única dedicada al marqués en nuestro país; tiene otras en Talayuela y Navalmoral de la Mata. En San Sebastián abrieron un paseo en su recuerdo, y en Madrid, además del barrio de Salamanca existe una plaza en su honor, diseñada por un arquitecto municipal, quien también proyectó el pedestal de la estatua erigida allí. En el estado de Nueva York hay un pueblo llamado Salamanca para agradecerle sus donaciones a la comunidad indígena.

Pero, ¿quién era aquel personaje excepcional? Para conocerlo podrían bastar los calificativos que le dedica una de las numerosas biografías publicadas por diversos autores, dentro y fuera de España: abogado, conspirador, alcalde, juez, banquero, contratista de obras, empresario de teatros, director de empresas, ingeniero, agricultor, ganadero, ministro, senador, diputado, marqués, conde y Grande de España. Quizá hay una anécdota que le define, cuando le vendió al gobierno la línea ferroviaria Madrid-Aranjuez, de la que era propietario, por más de 60 millones y la volvió a recibir de éste en arrendamiento, sin procedimiento legal previo, por un millón y medio al año, cantidad que nunca llegó a pagar.

Dice un autor que siguió de cerca su extraordinaria vida de altibajos y sorpresas, que José de Salamanca hizo numerosos negocios con grandes beneficios en sectores como el ferroviario, la construcción, la banca o la inversión bursátil, además de protagonizar varias corruptelas, a menudo como socio de otros destacados miembros de la sociedad española del momento, incluyendo a María Cristina de Borbón, madre de Isabel II y regente durante la minoría de edad de ésta. Probablemente llegó a poseer, en sus mejores momentos, la mayor fortuna de España.

Había cursado estudios de Filosofía y Derecho en Granada, donde pudo tomar contacto con grupos contrarios al absolutismo de Fernando VII, incluyendo a Mariana Pineda. Después sería alcalde de Monóvar en 1833, año en que murió Fernando VII. El marqués igualmente fue nombrado alcalde de Vera, en Almería, y elegido para representar a dicha provincia en la Junta Revolucionaria de Sevilla. En las nuevas Cortes aparece como diputado por Málaga y marcha a Madrid para ejercer este cargo.

Pies para qué os quiero. Muy pronto va a empezar su imparable carrera de negociante. Logra el monopolio de la sal, invierte en la Bolsa de Madrid y se hace rico, moviéndose como pez en el agua en la alta sociedad madrileña. Simultáneamente, su vocación política se dispara y da el gran salto: el presidente Joaquín Pacheco le nombra ministro de Hacienda en 1847. Al dimitir el Ejecutivo, Salamanca pasa a ejercer de hecho la presidencia del Gobierno hasta que el nuevo titular le destituye tras investigar supuestas actividades irregulares de éste en su ministerio. Y cuando Isabel II fulmina al gabinete nombrando nuevo presidente a Narváez, José de Salamanca se larga a Francia. Tranquilos. Luego será su amigo y socio. Al volver del exilio, le van a nombrar senador vitalicio. Se sabe que ingresaría cerca de 300 millones de reales al arrendar durante cinco años al Estado su monopolio sobre el negocio de la sal.

Pero es el ferrocarril lo que concierne a esta crónica, y Salamanca se muestra como un verdadero líder en este terreno. Invierte en la línea Madrid-Aranjuez, cuya apertura presidio la reina. El marqués organizó una fiesta que pagó de su bolsillo con más de mil invitados. ¿Y el día que ganó en la Bolsa cerca de 30 millones de reales en una sola sesión?

Pero más dura será la caída. La suerte de Salamanca se oscurece a partir de 1860, curiosamente año en el que la reina Isabel declara ciudad a Albacete. A don José le fallan muchos negocios, tiene que vender su palacio, aunque le quedan otros en zonas de Madrid y tiene un hotel en París y otro arrendado en Roma. Y nuestro personaje ya es marqués y conde de los Llanos. Cuando muere en Madrid, en 1883, tiene deudas de 6 millones de reales.

La presencia de José de Salamanca en nuestra tierra es punto y aparte. Entre otras cosas, protagonizó un espectacular incidente tras ser saqueada y quemada su casa, como otras de Madrid, en una revuelta política, disturbio que le obligó a huir disfrazado en una locomotora rumbo a Albacete, la primera que vino a la villa, en 1854. El se bajó en La Gineta, y cuando lo capturaron estuvo dos semanas encarcelado.

Al año siguiente, Salamanca volvería, esta vez en uno de los cuatro trenes llegados en la jornada inaugural de nuestro ferrocarril. Aquel día repicaron las campanas, hubo música y cohetes, y fue aclamado por el gentío en el andén. Su biógrafo Hernández Girbal, en el libro ‘José de Salamanca, el Montecristo español’ describe el acontecimiento subrayando que los trenes salieron de Madrid a las seis de la mañana. En el primero viajaban miembros de la Milicia Nacional, en el segundo los periodistas, junto a representaciones de organismos del Estado, del Ayuntamiento y otras corporaciones, mientras el tercero lo ocupaban socios del Casino del Príncipe y amigos del promotor, y en el cuarto iban miembros del Gobierno y diputados. Las estaciones del trayecto habían sido engalanadas con guirnaldas y el público vitoreaba a los ilustres viajeros y agitaba sus pañuelos. “El convoy oficial llegó a Albacete a las cinco y media de la tarde. Salamanca demostró una vez más su magnificencia levantando al lado de la estación un amplio y suntuoso salón iluminado por más de doscientas arañas de cristal en el que se extendía una larguísima mesa en forma de martillo llena de apetitosos manjares y exquisitos vinos, donde los invitados hallaron consuelo y satisfacción a su necesidad, luego de tantas horas de forzada dieta. Con ello deseaba celebrar no sólo la inauguración del ferrocarril sino la apertura de una calle que llevaba el nombre de don José de Salamanca… Satisfecho de cuanto bueno había guardado para aquel día se dirigió a la estación por su calle engalanada y regresó a Madrid con el resto de los invitados, al tiempo que en el Casino se preparaba un gran baile. Los trenes salieron a partir de las nueve y media de la noche para llegar a la Corte de madrugada”. Los festejos se prolongaron dos días más.

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